I 5* Edición, de 50 000 ejemplares EDITORIAL ATLANTIDA BUENOS AIRES i ] iL 1 na vez, frente a la escalera de piedra de una casa en rui- ñas, oyó decir a un burro que era muy peligroso subir por ella, Ln seguida subió, ante el asombro de toda la burra- da, ycuando estuvo en el último escalón se volvió y rebuznó/ ¿Ven ustedes que cuando yo digo que lo haré, lo hago, y no es cosa de reírse? w • Desde abajo le contestaron: coces, ün todas ellas quedaban estampadas sus herraduras como se- na es de su tozudez, y de todas se alejaha arrastrando las 1 dolendas. s P atas a P herrarlo le tapaban la cabeza 7 lo ataban de tal ma ñera que m la cola podía mover. El herrador, para ver J le quuaba aquellas ínfulas y aquellas rebeldías que lo f or zaban a tantas precauciones, le hacía cosquillas, lo pelüzca ba con las tenazas, le tiraba de la cola, le metía una P a£ por 1 nances y por las orejas; pero Cabeza de Fierro, aun a Tcu ra ° 0 0 .9 4> * 9 ° ^CpVg ^ y quieto como un garrote, rezongaba amenazas, decidido a cobrarse de tales picardías en la primera oportunidad. ; ¡ se i la burrada entera no comía cierta hierba, por ser dañina, Cabeza de Fierro la comía y se pasaba la noche con dolores de barriga, entre quejidos y coces. *| Inútilmente le recoroendahian los compañeros que no acercara a un pozo que allí había. En cuanto se lo decían * paseaba por el borde, y caía en el pozo.- Y el amo lo dejaba 3 aba ^° Y sin comer el día entero. Lo sacaba después con suma dificultad, y una vez que estaba afuera le atizaba una P a iza, para ver si escarmentaba. En vano le repetían los com- paneros que no se acercara al pozo, pues, por llevarles la contra, °AVia a caer en él. DE no ib * ningún burro, porque había nubes de tába- aIlá iba C abeza de Fierro con la firme intención de no jar Uno vi vo. Volvía deslomado de dar coces al aire, con 12 \ las patas delanteras pintadas de rojo, tanto le c^ría la sangre con los lancetazos de los tábanos. * W Si veía una avispa la golpeaba con la cola. A poco la noticia cundía en el avispero y salían a millares las avispas furiosas para vengar aquella agresión injustificada. En segui- da clavaban el aguijón en las orejas y en las narices de Cabeza de Fierro. Brincaba el impertinente a cada pinchadura y al fin corría campo afuera, con el rabo en alto, enloquecido de dolor y de rabia. M T Tna noche muy clara de luna llena propuso a los compañe- {^J ros situarse ante la ventana del amo y darle una serenata para vengarse de sus malos tratos. Ninguno de los burros quiso acompañarle; pero él fué y con sus rebuznos despertó e irritó al amo. Salió éste por el lado opuesto, lo sorprendió en lo ««jor de sus rebuznos, y le dió tal cantidad de garrotazos que faltó poco para que lo matara. 4 Al día siguiente el amo se levantó con su plan hecho. 13 ñeras T 8 "** ^ CabeZa de Fierro Y> c ™ muy suaves ma- y gran° a*** * P ™° d P esebre > donde P uso P a Í a retiró! 10 ^ ^ Cantidad ; lu ego, trancó el portillo y se Cabeza de Fierro A A' t P° c os días olvidó aedlC0 a comer muy a sus anchas. En y de exceWi- 1 ° * P * llZa Y en P ocos días ma s se puso gordo diente aspecto. m..^t . r 1 ^ de excelente 7 Cn P ° C ° S días mas se pus0 g ° los garrotazos Pateciale ^ ue el amo > arrepentido de vida > sin más trab ^ com P ensació * aquella apacible suelta. ajos ^ comer a reventar y dormir a pata 14 Pero ocurrió utu nuninj cjuc el amo abrió el portillo, lo tomo del < i lastro y lo llevó por «1 camino. H^a hora, el treiCO aire y la tranquila marcha resultaron muy del agrado del jumento, y en señal de satisfacción de cuando en cuando >! tba ruidosamente por las narices. Andando, andando, lie- carón asi a un lugar donde había muchos hombres y también muchos burros, pues era ni más ni menos que una feria para la venta de animales. Allí aguardó impaciente Cabeza de Fie- rro el regreso al bien provisto pesebre; pero ocurrió que des- pués de largo rato otro hombre lo tomó por el cabestro y se lo llevó con él. Ello significaba que el amo lo había vendido y -me la buena vida disfrutada sólo se encaminaba a mejor ar figura para obtener el mayor precio posible. Y A en su casa, el nuevo amo entró en el pesebre para que tras él lo hiciera el asno. Pero tuvo la sorpresa de Cabeza de Fierro, con la cabeza baja y las orejas tiesas clavó las cuatro patas en el suelo y aguantó sin moverse ciento y un tirones del cabestro y múltiples palabras y caricias. Ver- dad es que la entrada era angosta y que allí adentro había bas- tante oscuridad; pero, de cualquier manera, k resistencia no se justificaba. y — ¿Esas tenemos? — dijo el nuevo amo. — Con razón te vendieron y con razón voy yo ahora a enseñarte a obedecer. Y cogiendo un palo le atizó una paliza como para deshacer- lo, sin que Cabeza de Fierro diera un paso. El nuevo amo, ya emburrado, habló directamente con e! burro y le dijo: ¡Mira que a cabeza dura no vas a ganarme tú!... Si no entras, porque crees que no cabes por la puerta, la agrandaré ahora mismo. Ato al jumento, trajo un hacha y en cuatro buenos golpes embo casi encaré '""V" el amo S^a. ^'J! apareció U • reua > 8 *n que ninguno venciera, hasta a mujer del emburrado y irritó: ¡ De ja, por Di^ g 8ac °el«udor qu . ? m ,a bre « a > « secó con la manga dei Hue chorreaba por su rostro, contempló con í*' ros ojos a Cabeza de Fierro, y dijo, ya perdido el juicio: 1 — ¡Poder tú más que yo, no te lo sueñes!... ¡Te voy a más palos que besos te dió tu madre! Y entonces dijo él con 18 Rebuzna, rebuzna, y di cuanto quieras, pero yo te ase- guro que si tú no cedes, ¡yo no cederé! Cuando volvió a salir, ya más tranquilo, ató el burro al carro para probarlo en el tiro. Debía ir hasta Ja casa de un vecino con una bolsa de trigo. J Cabeza de Fierro se negó a caminar. Empuñó el amo el látigo y lo hizo chasquear: nada, ni un paso. Empezaron los latigazos, primero en el lomo, luego por las patas, después por la cabeza. Renunció el hombre a los latigazos, se decidió por los palos y con todas sus fuerzas y muy a conciencia lo apaleó de arriba abajo y desde las orejas hasta la misma cola. Entre palo y palo le gritaba, cada vez más furioso: — ¡Ala, he dicho, y no me contestes! ¡Mira que no lo tolero! ¡Sangre te costará cada palabra!... ¡Anda para adelante, como todos los asnos! ¡Anda como yo quiero, o te convierto en añicos! micos! A pesar de todo, en vez de marchar el burro hacia adelante, retrocedía, y andando así al revés, hicieron todo el viaje, y arribaron finalmente a destino. . Al verlo llegar en tan estrafalaria forma, el amigo no a carcajadas, y dijo: Es que ha cambiado el sistema y anda usted a una nueva * t moda? Es — dijo el visitante — que compré el. burro más burro que hay en el mundo. No ha querido andar de otra manera, y no hay rigores que valgan. ' § — Es — afirmó el vecino — que estas cosas no se arreglan a garrotazos|!$ino a buenas. — Es i — replicó el visitante — que no me va usted a enseñar a mí, que sé lo que hago y tengo mi experiencia. — También yo tengo la mía — dijo el vecino. - — Pues si la tiene — dijo el visitante — y tanta es su con- fianza en su sistema, cómpreme el burro, y pruebe, que se lo doy en la mitad de lo que me costó. ■| tm dos estaban en realidad emburrados y para no ^ el visitado dijo: * * No lo repita dos veces, porque se lo compraré. —Cómprelo — dijo el visitante — y así veremos cóm arregla usted estas cosas. El caso fué que el vecino compró el asno, y el otro regresó muy satisfecho a su casa, dejando el carro para retirarlo en mejor oportunidad. a l primer rebuzno de Cabeza de Fierro, la familia del com« r\ prador, hasta entonces tranquila y razonable, empezó a dai claros indicios de testarudez. Grandes y chicos volviéron^ se discutidores. A cada momento se oían exclamaciones corroí ¡Meíostéiiga ííJí lo dicho! Como yo digo, así tiene que ser! ¡A porfiado, porfiado y med«^| ¡No daré mi brazo a torcer! $P*;'' |f l| ¡Antes me muero que hacerlo! m dueño de casa porfiaba como ninguno, pero en medio de toao notó que las discusiones se embravecían con los rebuz- de Cabeza de Fierro y desconfió de su maléfica influencia. Desde que está ese burro aquí — le dijo a su mujer — ya no hay paz en esta casa. ||; —Que no hay paz — dijo ella — es la verdad; pero que el asno tenga partj en eso, no lo creo. Sé lo que digo, y no me lleves la contra. Al fin y al cabo lo compré por capricho, y no lo necesito, y lo venderé en seguida. 1 En tu lugar, yo no lo vendería. i| He dicho que lo venderé. .Eso no significa que hagas bien en deshacerte de un . i .11* nuede sernos útil y que nada cuesta tenerlo aquí, animal que puwv ... ^ , A ide sobra la hierba» f|¡|f, ; ■ Nadie te pregunta si sobra o falta hierba, y sé lo que debo hacer. Mañana mismo me lo llevo a Rialto y se acabó. 6 Ya que Jo venderás, llévalo a Pirlo, que es pueblito mejor y obtendrás mayor precio. -A Rialto he dicho. ^1¡| ■ • V Te convendría más Pirlo. -A Rialto voy. jQué hombre porfiado! - 4 Qué mujer testaruda! - dijo ella con fastidio, dijo el hombre acalorado. Y retumbaron las paredes con el potentísimo rebuzno de Cabeza de Fierro, como si quisiera él también participar en la porfía y la festejara. Por supuesto que la venta se hizo en Rialto, a cualquier pre- cio, pero el hombre comprobó la realidad de sus sospechas, ya que con la desaparición de Cabeza de Fierro volvió a reinar la paz en la familia, y todos fueron de nuevo comprensivos y razona n cambio, en Rialto se hizo sentir en seguida la presencia de Cabeza de Fierro. La gente estaba emburrada. La primera víctima del singular contagio fué el propio comprador. Do- líale una muela y decidió ir a Pirlo en busca de dentista. Un vecino le dijo: ■ 4 No vayas a Pirlo, vete más bien a la ciudad y antes que se te hinche la cara. Prefiero Pirlo — insistió el de la muela. Mejores son los dentistas de la ciudad — dijo el vecino. No te he pedido consejo — dijo el otro, ya malhumorado. 25 —Bueno, hombre; ve adonde te plazca, pero apúrate, por que pasarás muy malos ratos si se te hincha la cara - fe acon , sejó el vecino. m —•Oye! — exclamó el de la muela. — Ahora se me anto- ja no ir a ninguna parte, y me vuelvo a mi casa. Así lo hizo, en efecto, y la hinchazón fué tal que parecía te- ner una pelota de tenis debajo del carrillo. Durante varios días permaneció así escondido para que el otro no le enrostrara su empecinamiento. Mientras tanto, las orejas de Cabeza de Fierro provocaban dmira fermedad burrera se propagaba lo mismo que una peste y se caldeaban los ánimos con las más estrafalarias y empecinadas iones. „p esos días feamente se puso en obra un plan relacionado con una insoportable banda gatuna que tenia a maltraer al vecindario. / , Vivía la banda en el sótano de un ruinoso caserón abando- nado. / Notable era la cantidad de gatos que allí había y más sin- gular aún la circunstancia de que todos ellos eran de un solo color, o blanco, o negro. Entraban y salían por un pequeño agujero y nadie les co- nocía aquel escondite. Pasaban el día ocultos y después dé medianoche daba el jefe gatuno la orden de salir. Grandes eran los perjuicios y los escán4alos de aquella horda de bandidos nocturnos. 27 En los gallineros, en medio del ensordecedo las gallinas, desaparecían los pollitos, los patitos nes de palomas. Entraban en las habitaciones que hallaban abiertas deraban de las provisiones, rompían vasijas y botella Y ^ ^ peaban o arañaban cuanto encontraban en su • ^ eStr °~ A su paso caían a la calzada las macetas de flores d cones. * 0s bal- Si en sus correrías llegaban al patio de la escuela o al nano de la iglesia se colgaban de la cuerda de la cam hacían sonar en el profundo silencio de la noche czuZT * alarma. ' tausand 0 gran i Pero lo más infernal eran los coros de maullidos que forma ban en panos y azoteas. Nunca hubo gatos que 2>T con tan interminables y lúgubres aueiidof „ ° dpi ™ j r, 5 ULj res quejidos, que parecían venir del otro mundo. Para no oírlos, las mu ¡eres U - l , 11» mujeres, los nuios y hasta loe hombres escondían la cabeza bajo la almohada, se apreta- ban las orejas con las manos, se introducían el. meñique en los nidos. I os agudos v quejumbrosos maullidos todo lo traspa- »jh.m ¿pino frgtijaíSl ' \ : < ■ ■■••'*.*' " ;■ . , ' Algunos hombres se levantaban de la cama y en la oscuri- dad disparaban sus armas Contra los escandalosos. Un rato había silencio, pero poco después recomenzaban los maullidos, más penetrantes y fúnebres que nunca. A tal extremo llegaron las tropelías y el suplicio de las te- rroríficas serenatas, que la i|puina del vecindario fué creciendo y convirtióse en un odio feroz que reclamaba venganza, venganza rápida y tremenda» i infle**** 1 TlVOS | Había s fuego. acarrarlos wros ptf a tajarlos como a ti nraban por prepaiir im foso y sepultar t ~ hablaban de «ciarlos con nafta y pr* t guardia c dos de definitiva, el plan de quedar ios homb separa la % te alar a donde los encentra v de ear sobre ellos la unánime in n. S 1 sin un hue w Cor otee iere vidas, fué propósito firme no dejarles nin ia, aunque tuvi Ya en la primera noche se produjo una seria discusión. Sos- tenían unos que los gatos eran blancos; porfiaban otros que todos eran negros. Fastidiados por el fracaso de la tentativa y por la mala noche, agriáronse los ánimos y cambiá- ronse frases insultantes. Fué la segunda noche tan infructuosa como la primera; menudearon las discusiones subidas de tono y las heridas a decía uno. amor propio. -Yo los he visto con mis propios ojos aseguro que eran blancos. usted ha visto otra cosa — le contestaban. y ¡Me juego la cabeza a que eran negros! -Usted tendrá los ojos en la nuca. 31 Usted es un insolente ai decir eso ¡Üuiuadá con lo que se dice! — i Yo se lo digo! r v — ¡Ah, sí!... ¡Pues no lo dirá dos veces! Y en medio de la tremenda gritería * putería, se acometían con 1 garrotes, y se propinaba| los mismos golpes preparados diabólicos felinos. P ara * os La principal cuestión era el color de los gatos v A > i ti , & dLÜS > V olvidáronse las travesuras, los destrozos y los maullidos. Volviéronse aquellos pacíficos vecinos quisquillosos y agre- sivos. En todas las frases suponían alusiones a la disputa 0 a los garrotazos recibidos en la oscuridad. * Aquellas sí que eran noches toledanas. Hasta los más amigos se convertían en furiosos enemigos. — ¡Decirme a mí que son negros! — Pues yo lo digo: ¡son negros! — Estaría usted borracho cuando los vió — exclamaba otro. — ¿Borracho ha dicho? |j| ¡ ¡' Y allá iba el palo empuñado con bríos, y se trababa la contienda.;/! . "• . En aquellas bravas noches en que llovían garrotazos, reso- naban en todo el pueblo los triunfales rebuznos de Cabeza de Fierro, para aumentar el ardor de los que se peleaban. esaparhcíó de pronto la famosa banda gatuna; mas lo; ánimos seguían exaltados, y las furiosas riñas continua- ron como antes. Poco después fué demolido el viejo caserón, hn el sótano estaban las pieles de los gatos, que seguramente murieron en- venenados. '% -j ' t ■ ' r - ^ , '' Se comprobó, entonces, algo sorprendente; se compro o cuán inútiles habían sido las discusiones y las riñas; cuan tor pes son la vanidad y el amor propio. 32 Tenían razón quienes afirmaban que los gatos era kI " Tenían razón quienes porfiaban que los " blanct «- Llegaba la explicación cuando era tarde ne * ros - estúpidas violencias. * a evit « tantas Pasaban los traviesos gatos, al ser descubierta exhalación. Sólo se alcanzaba a distinguir a W \' C ° m ° Una t i * * i o 1 *** * íes UAtimrvc Y últimos ,ban unas veces los negros, otras veces U M eos, de acuerdo con las órdenes del jefe. Tal era la explicación de la porfía del emburrado vecindario. os estragos causados por Cabeza de Fierro también se hi- cieron sentir en la escuela. Cuando el maestro explicaba la lección, los alumnos fe hablaban entre sí y no mostraban el menor deseo de aprender, prueba evidente de que también sufrían el contagio de Cabeza de Fierro. - ' Jp i ¿ \ ■ El maestro preguntaba cuál era la capital de un país y contestaban que todas las palabras esdrújulas se acentúan; pre- guntaba quién era Cristóbal Colón y respondían que una porción de tierra rodeada de agua; mandaba sentarse a un alumno, y éste permanecía de pie; le decía a otro que sus- pendiese la lectura y el alumno continuaba leyendo hasta que el maestro le quitaba el libro. M ||^| En el recreo, estudiaban; las horas de clase las convertían en horas de recreo. : , Ají i as que niños parecían burritos verdaderos, que por equi- vacación se metían en la escuela y no sabían n*r, „ * i allí. 7 «oían para que estaban 03 mostraban la misma terquedad del maldecido asno. l hortelano que había comprado a Cabeza de Fierro deci- dió sembrar azafrán en su huerto. Como el clima no era adecuado para tal cultivo, los ve* anos se lo advirtieron, :ÉJl ¿Eso dicen ustedes? — preguntó el dueño del burro, sabid ^ ecimos — le respondieron — porque es más que a 1 o que el azafrán aquí no florece y perderás los bulbos y el tiempo; ' ;í ¡Pues para que lo sepan! — exclamó. — Vcy a sembrar an, pero no en un retazo, como pensaba, sino en eJ huerto entero. 7W Así lo hizo, en efecto, y no nacieron las plantas, y el hor- telano pasó el año en la miseria. En cuanto: a Cabeza de Fierro no hacia cosa de provecho v estaba cada vez más rebuznador y más terco. y Entrc amo y burro trabábanse a cada rato en empecinada con decía el amo. Y adrede Cabeza de Fierro no C ° mia -Bebe decía el amo. Y Cabeza de Fierro ni miraba el agua w , prefiriendo la sed a obedecerle. Si se empeñaba en que tirara, debía él mismo empujar a carro y burro, y tanto sudaba en el trajín que no recorrieron nunca más que unos pocos metros. ; Medíale las orejas y comprobaba que le seguían creciendo y esto aumentaba la inquina que le tenía. Después de incontables rompederos de cabeza, se decidí' venderlo. Mas ya la fama del asno había cundido y en cu le veían las orejas lo reconocían y renunciaban al negocio. Na die lo aceptaba, ni de regalo. Entonces concibió el asnal propósito de hacerlo morir de "fc** 1 ^ r ^^^^^^ / i ■ - ' v ' : V 'S% Para tal fin, salió con él hacia el cercano bosque. Mientras iban andando le decía: Al cabo he comprendido tu deseo y me dispongo a com- placerte. Tú no naciste ni para el pesebre ni para el trabajo. jA ti te gusta la naturaleza! - "i' Fue aquella la única vez que Cabeza de Fierro se sometió a Ja voluntad del amo, pues lo seguía dócilmente. Cuando llegaron a lo más oculto de la espesura, lo ato un árbol corpulento y a modo de despedida di jóle: a / 1 _ ____ _ ^1 - ^ . - * * - ^ A. •Ahora que mueras aquí de hambre por terco! Y se alejó riendo a carcajadas. x / v -* Cabeza de Fierro levantó las orejas y miró alejarse al amo. Luego comprobó que allí la soledad era completa y el bozal y la cuerda tan resistentes que jamás los rompería. h*bía olvidado de sus rebuznos. Ellos le ser- vinan denado. I día siguiente, unos muchachi^ue se aventuraron a pe- netrar en el bosque oyeron los rebuznos, lo hallaron y lo soltaron. i minar Itaron. , , , Pobre asno! — dijeron. — i Cuantas ganas tendrás de ca- tar v de comer! ÜB1 Pero el asno siguió tan quieto como cuando estaba atado. Por más que se empeñaron, no consiguieron que cambiara de si- tio. Y esto hizo Cabeza de Fierro con el propósito de llevarles la contra a sus salvadores. y Solo cuando los muchachos se alejaron se puso en movi- miento y comió de la apetitosa hierba que fuera del arbolado crecía en eran abundancia. Y andando, andando, se juntó con otros borricos que por entonces tenía sueltos el dueño de aquel campo. os nuevos compañeros advirtieron de inmediato que las ore* jas de Cabeza de Fierro salían de lo común, pero disimula- ron la sorpresa, por pura cortesía. Rebuznó y sus rebuznos siguieron hasta que hizo callar a ios otros burros. (Buenas pasturas aquellas! — exclamé r,k», a S ■ £ a efecto lo son a- , e * clamo Cabe *a de Fierro. V** agua nos unp.de aprovecharlas. Pero su- Est* • r — »*" acenarias. r / ? tr ° nco de árb °l — observó C a k~ a Ü caído sobre el am„ «oservo Cabeza de Fie- enc ^a de él se pasa !°T U ° P Uente " Caminando por Fasa racilmente al otro F -O no se pasa - rephco uiffburra. - El tronco es rcsh, lad.zo y tra.c.oncro y uno que intentó la prueba casi ¿ — Cammando por ese tronco — insistió Cabeza de Fie como si nada hubiese oído — se pasa al otro lado. —Pasa tú, si te animas — dijo un burro. — Nosotros lo haremos. no ¿Que si paso? ¿Que si me animo? — preguntó él Y sin esperar más se aventuró en aquella prueba. No había dado cuíco pasos cuando resbaló y dio con la cabeza contra el tronco, y cayó a todo lo largo. Por suerte, no había llegado a lo más hondo, que si avanza un poco más, con lo atontado que estaba, es seguro que se ahoga. Se levantó dificultosamente y cuando volvió chorreando agua a tierra firme tuvieron buen cuidado los compañeros en no decirle una palabra, porque si algo le decían era seguro que volvía a intentar k prueba y era capaz de matarse. xistía en aquel campo una cuesta pedregosa y empinada. Con frecuencia andaban cerca los jumentos, pero nin- guno se atrevía a subir por ella. Cabeza de Fierro dijo mirándola un di a : —Si se me antoja, por allí yo subo y por allí yo bajo a la carrera. —No lo harás — l e replicó un compañero. Y el más viejo le dijo: dazos € n U ^T* qUe Subas ' aun( l ue los casc °s se te harán pe- juicio. ^ 5 per ° no ba Í €s P° r ella, si te hallas en tu | — En nii juicio estoy — respondió él. — Y lo haré ahora mismo tal como la digo. Viéndolo en trance de acometer tan descabellada empresa se le acercó compadecido otro burro y le dijo, en el mejor tono que pudo: wM¿ —No intentes eso, que no vale la pena. Si quieres vamos a jugar una carrera a ver quién corre más. — Dije — respondió el tozudo — que subiría y bajaría la cuesta, y a mi nadie me saca de mis ideas, y cuando lo digo lo hago, y cuando lo hago no me ataja nadie. Varios burritos lo contemplaban azorados y uno de ellos, viéndolo ya en pedazos, dijo: — ¡Si sube, las orejas para mi! —¿Oyes? — le advirtió una burra. — Hasta los pequeños saben que es temerario lo que -te propones. 44 F¡em>, y a la carrera ^ f^JJ^ld^s consiguió subir. Resoplando y sacando chispas de las peora 5 . § cuando estuvo arriba rebuznó ¿ciendo* ; f ¡Dije que subirla y aquí estoy! ■ y j | Luego dio otro rebuzno, para decir: ; ^ f ■Dije que bajaría, ¡y bajaré ahora mismo! : ¿ u«¿ m « no como imaginaba. Apenas dio unos pocos como ptiau^ xxx^ b - 1 11 puntiagudas piedras y cayó a plomo en lo llano. En seguida todos lo rodearon, y olieron la sangre que le bro- taba en varias partes de la piel. Ya lo daban por muerto cuando empezó a soplar y a quejarse dé bUmente. Horas estuvo tendido, a ratos sobre el costado izquierdo, a ratos sobre el derecho, a veces boca abajo, a veces boca arriba. Cuando por fin se levantó, se tambaleaba como á ( desplomarse, y menos mal que los compañeros para ' " garlo mfe aún, fingían estar distraídos, y ¿ Z lZCí reojo* el pantano que formaban las aguas en la parte más baja de aquel campo jamás entraban los burros ni los burritos, pues ellos saben perfectamente donde pisaa. Crecían allí algunas grandes hierbas de lindísimo aspecto y Cabeza de Fierro preguntó a los compañeros por qué no las comían. ■Porque no se puede — le respondieron. ¿Y por qué no se puede? — dijo. Porque no se debe entrar — le respondieron de nuevo. ¿Y por qué no se debe entrar? — volvió a preguntar él. Convencidos los burros que era peor darle razones, prefirie- ron callarse y lo invitaron a ir hacia otra parte. Pero Cabeza de Fierro golpeó el suelo con la pata derecha e insistió en su pregunta: — ¿Por qué no se debe entrar? El asno más viejo, que era el que en estos casos realizaba el último esfuerzo para disuadirlo de sus soberbias y obstinadas ac- titudes, le explicó: — No se debe entrar porque es un pantano hondo, mitad lodo, mitad agua, que no permite caminar ni nadar, y quien en él se metiese se sumiría hasta las orejas. — ¿Lo dices por reírte de mis orejas? — preguntó él. — Lo digo — respondió el burro viejo — para salvarte del peor peligro que hayas corrido en tu vida. Cabeza de Fierro miró despreciativamente al del consejo, di * ¿Cuántos de ustedes han entrado en el pantano? ¡Ninguno! — - le contestaron. Pues si ninguno entró, ninguno sabe nada. Lo que hay 47 aquí es mucho miedo!, asi se pierden mtedes , , bocados, que son aquellas hierbas. n «* Y si» pensarlo más «iropelló y se metió en el pa ntar „ En el primer momento creyeron que nunca mislc T" pues desapareció totalmente en el lodo; pero luego •aUerTT' puntas de las orejas, y después sacó el hocico, estirando mucho el pescuezo, .lo que Significaba que a fuerza de tanteos había ha- liado algún apoyo en lo profundo. Asombrada la banda contemplaba aquel espectáculo jamás visto, y en voz baja opinaban sobre lo que ocurriría. Veíanlo tragar barro, con las narices negras y los ojos casi salidos de las órbitas, sin dejar de moverse en busca de alguna parte más alta o más consistente para poder afirmarse. Asi llegó la noche, así pasó el otro día y de nuevo volvió la oscuridad. Al tercer día amaneció Cabeza de Fierro en tierra firme, echado, sin alientos y tan cubierto de barro que costaba reco- su escuálida figura. Mucha lástima experimentaron todos al verlo, y todos se alejaron, para ahorrarle la vergüenza de su fracaso. Nuevamente, creyéronlo curado de su testarudez; pero se equiv de esta planta parecen ser sabrosas i^¡¡^ bren sus bordes agudas espmas. La sabiduna , D ^ resuelto el serio problema de ^^^Z C-"> * tomar las hojas por el extremo, las cogen por U ^ espinas están dirigidas hacia arriba, no se les hincan y las mastican y tragan sin dificultad. ^ h¡jo Oyó Cabeza de Fierro que una burra ««en* diciéndole: ^Wnte que todas las hierbas- —Esto se' come de modo diferente qu b $e . ¡Fíjate bien!... Tomas la hoja, así, de aba,*., é paras... 48 ¡Fíjate bien! Ahora te la comes tranquilamente, siempre con la punta para abajo. Cabeza de Fierro nunca había visto un cardo, pero no pudo aguantar más tiempo sin entrometerse y sin llevar la con- tra. —Esto, hijo mío — di jóle al pequeño, — es una hoja, y se come igual que todas las hojas. Tu madre tiene una idea y yo ° n „ i .Piiate' Tomas tengo la mía, y a mí nadie me saca de mi idea... W« la hoja bien arriba, ¿ves?, y sin separarla de la planta te mes como... hago yo... tranqui... tranquila... la- ••• te* « Y no pudo decir más 50 boca dolores insoportables. í Entonces, dióse vuelta y ante las carcajadas de grandes y de chicos echó a correr como un endemoniado. i gún tiempo después apareció en aquel campo un león, que durante el día se ocultaba en el monte. Los burros andaban lejos, lo más lejos posible del te- mido carnicero, sin dejarse tentar por ninguna pastura ni por la agradable sombra de los árboles. Pero Cabeza de Fierro, siempre el mismo, exclamó: Si a mí se me antoja ir al monte, con seguridad que iré Tú no irás — le dijeron. — Sería locura. Lo digo yo, y basta. ¡Basta, sí, basta de locuras! — l e aconsejaron. — Repara que esta es de las que no tienen arreglo. —Cuando se me mete una cosa en la cabeza, ¡no hay quien me la saque! V Un burro le dijo: —Esta vez te la sacarán, y con la cabeza entera. Déjalo por lo menos para mañana, y piénsalo mejor. —No hay mejor ni peor que valgan. Cuando digo blanco, es blanco; cuando digo negro, es negro. Y sin esperar más enderezó hacia el monte. os otros burros mirábanlo asombrados, con las orejas en alto, y sin dejar de rebuznarle sus consejos. El no les contestó, y siguió adelante. Al poco rato, yendo por un caminito entre los árboles, vió al león agazapado contra un grueso tronco y exclamó: ¿Qué?... ¿Piensas darme miedo?... ¡A mí no me asustas tú, por mala cara que pongas! Y siguió andando y diciendo: Cuando digo blanco, es blanco; cuando digo negro... Y no pudo decir más. Saltó el león sobre él y lo mató. ¡ fué el triste fin de Cabeza de Fierro, aquel que desde pe- uisimas asustaban a los otros burritos ; aquel que era como esas personas que van contra el sentido común y contra la razón, y por ello padecen innumerables sinsabores y grandísimos que- brantos. ( En toda su existencia no hizo más que confirmar su tama 53 símbolo le ctttarudo, pues no se rindió nunca a los avisos de la expe- u ni a las atinadas reflexiones del buen consejo. Murió como había vivido, empecinado en su propósito, singló en la memoria de la gente como el perfecto delft terquedad. ^ - Durante mucho tiempo, al referirse a una persona capri- chosa y testaruda, se decía: "Como Cabeza de Fierro", y que* daba explicada la condición del aludido. - i • / 1 i* £ 1 * poco i.Vl ' Los Ratones Campesinos Trágapafc^iiy^ñ' : ; Botón Tolón La Hormiguita El Manchado era La Dien tu* La Familia Conejola X 3 • 14. 15. §6. 17. 1*8. 19. 20. 21. 22. SI La Reina de los Fajaros Chicharrón El Bosque Azul /..- Juan Pirincho v v Los Enanitos Jardineros Los Escarabajos y la 1 Moneda de Oro Cabeza de Fierro El Imán de Teodoríco La Moneda Volvedora El Casamiento de la Comadreja * énfemetW